jueves, 16 de mayo de 2013

OTRA VEZ EL TEMA EDUCATIVO Y LA EVALUACION

Evaluación y otras cosas | Opinión | Luis F. Aguilar
Reforma | 15.mayo.2013
Hoy es Día del Maestro y seguramente miles de familias y localidades del país no encuentran buenas razones para festejarlo, molestas como están por el hecho injustificado de que numerosos maestros de los estados del Pacífico Sur de México han dejado sin clases por semanas o meses a sus hijos y a los niños de sus comunidades y han utilizado además el abandono de su responsabilidad educativa como arma de presión hacia los gobiernos para obtener mayores ventajas económicas y gremiales sin obligarse a un servicio educativo de superior calidad.
Mayo ha sido desde hace años el escenario de la lucha (¿gremial, partidaria, cívica...?) del magisterio frente al gobierno, pero este año su agitación es más violenta y transgresora, debido a su rechazo de la reforma educativa aprobada (reformas a los artículos 3 y 73 constitucionales) y, concretamente, su rechazo a la evaluación de la calidad de su desempeño educativo y a la relación que es justo establecer entre los resultados de su desempeño y su remuneración, puesto de trabajo, permanencia y promoción profesional. Esta exigencia no es arbitraria ni injusta ni antimagisterial. Injusto y absurdo es más bien pretender seguir cobrando e incrementando ingresos y facilidades de vida sin trabajar con los estándares de calidad que el servicio educativo público exige y que es obligación del gobierno exigir sin tibieza pues se trata de un derecho humano, del derecho de todo ser humano a la educación, que es el recurso fundamental para que puedan realizar sus proyectos de vida.
La novedad de la reforma del artículo 3 constitucional es precisamente la prescripción de que la educación "será de calidad" con todas las implicaciones que conlleva la afirmación. Es injustificado entonces que algunos maestros, entre el millón y medio de los maestros actuales, crean que tienen derecho a la seguridad y prosperidad económica sin la obligación de trabajar bien y ofrecer una enseñanza de calidad a la sociedad. El derecho a la educación será algo especulativo a menos que la educación sea de calidad, posibilite un aprendizaje relevante, y el gobierno pueda mostrar a padres y ciudadanos que el servicio de sus maestros (sus agentes) reúne los atributos de la calidad educativa y, para mostrarlo, si no quiere hablar demagógicamente o mentir, tendrá que realizar evaluaciones conforme a determinados estándares e indicadores que deberán ser consensuados, pero también mensurables y exigibles. No hay duda alguna sobre la importancia de la prescripción constitucional de dar forma a una educación de calidad, pero sí hay varias dudas en lo que refiere a su instrumentación, a la definición de la calidad educativa, al concepto de "buen maestro" y a los métodos de evaluación.
La movilización de los maestros en contra de la reforma ha levantado tal polvareda que la creación del Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE) como "un organismo público autónomo" ha sido silenciosa y discreta, no obstante que representa un cambio en el proceso de gobernar y del administrar público, una "nueva gobernanza pública". Es prometedor que un Instituto con una Junta de Gobierno autónoma, integrada por ciudadanos expertos, se encargue nada menos que de "expedir los lineamientos a los que se sujetarán las autoridades federal y locales" en el asunto de la evaluación y de "emitir directrices... relacionadas con las decisiones tendientes a mejorar la calidad de la educación y su equidad como factor esencial en la búsqueda de la igualdad social". El INEE entra como autoridad clave en el terreno de la política pública educativa y social, a la manera del Banco de México en el campo de la política pública macroeconómica. Será conveniente hablar después de esto, que es algo que representa la futura forma de gobernar y administrar.
Por lo pronto, la Junta de Gobierno del INEE comienza a poner algunos puntos sobre las íes de la reforma educativa que en el discurso ha tenido el tono impositivo del viejo verticalismo gubernamental, justificado como rectoría del Estado y sustentado en un pacto partidario en las alturas. Son de apreciarse los primeros pronunciamientos del INEE sobre la equidad como "un componente sustancial de la calidad de la educación", el reconocimiento franco de la diversidad de las realidades sociales y educativas del país y, por tanto, la inteligente afirmación de que la evaluación no operará "como una fuerza homogeneizadora" con formatos estándares de evaluación, así como la afirmación de que "la evaluación por sí misma no mejora la calidad de la educación", una tesis tal vez disonante frente al boom de la evaluación como la llave de la eficacia gubernamental.
Los procesos de implementación y las evaluaciones de las políticas públicas no tienen por qué ser uniformes, porque las circunstancias educativas de las poblaciones a lo largo del país no son uniformes, a diferencia de la ejecución de las leyes, que debe ser homogénea, sin distingos contra los transgresores. El gobierno saldrá mal evaluado en eficacia y calidad directiva si es laxo en leyes y rígido en sus políticas y evaluaciones, como parece serlo.
-Fin del artículo-